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Cuando el geógrafo David Lowenthal escribía en 1985 las primeras páginas de su libro El pasado es un país extraño, no podía imaginar cuán acertadas serían sus notas sobre la relación que la sociedad postindustrial establece con el pasado en el siglo XXI. Canciones antiguas, revivals y remakes, recetas de la abuela... el pasado ha escapado de los museos y ahora está en todas partes.
En la era de la cultura vintage, el papel del patrimonio se ha vuelto más central que nunca en las sociedades del siglo XXI. Pero también en las ciudades. El diario británico The Guardian publicaba hace una década el ránking de los lugares urbanos más interesantes de Europa, espacios como La Sucrière, en Lyon; The Spinnerei, en Leipzig; o la Librería Ler Devagar en Lisboa. Espacios con dos cosas en común: todos resultan de la recuperación de antiguas instalaciones industriales y ninguno tiene más de sesenta años de vida.
Nunca antes había hecho falta tan poco tiempo para que una infraestructura, perdida ya su función productiva, fuera considerada patrimonio. La sociedad urbana del siglo XXI, al mismo tiempo que es capaz de producir residuos a toda velocidad —o quizá precisamente por eso—, también mantiene edificios y paisajes de un pasado que ya no es remoto o arcaico, sino reciente y cercano, como si la velocidad exacerbada que la globalización imprime a la vida urbana actual necesitara el contrapeso de este nuevo y central papel del patrimonio en nuestras vidas.
Este contexto explica el éxito que el mantenimiento y reciclaje de los paisajes de la industria tiene actualmente en las ciudades europeas. Antiguas minas, complejos extractivos o centrales térmicas son hoy lugares nuevos, que acogen usos y funciones relevantes para la ciudad. La Europa post-oil ha empezado así a reconocer que, cuando hablamos de patrimonio urbano, no debemos limitarnos a la conservación de lo extraordinario, sino que, en realidad, es la gestión de los paisajes ordinarios lo que hace de la ciudad algo vivo y vibrante.
Incluir estos paisajes industriales en la cartografía mental colectiva representa actualmente un reto común para una mayoría de ciudades europeas, que están planteando todo tipo de estrategias para dar visibilidad a estos patrimonios, un potencial latente pero todavía poco tangible en la experiencia urbana.
Los proyectos más exitosos de reciclaje industrial, sin embargo, no se proponen congelar el pasado ni conservar los patrimonios como piezas únicas para ser expuestas en vitrinas transparentes. Al contrario, el patrimonio empieza ya a ser entendido no como una postal de la memoria del pasado, sino como un catalizador de las actividades del futuro. Hablamos, pues, de un 'patrimonio inteligente' o smart heritage, que permite conciliar la patrimonialización del paisaje industrial con la incorporación de nuevos usos y actividades que representen un nuevo valor añadido. Desde esta perspectiva, podemos incluso hablar de un nuevo urbanismo, donde los paisajes del pasado infunden personalidad, interés y usos diversos a la ciudad, y en el cual la puesta en valor y ordenación de los paisajes patrimoniales no serían ya un complemento final, sino, por el contrario, el verdadero momento cero de la planificación urbana.
Entender el paisaje y el patrimonio urbanos de esta manera permite además sugerir una verdadera y nueva 'infraestructura paisajística patrimonial' para la ciudad, integrada por una diversidad de paisajes urbanos con carga patrimonial, que contribuirían a crear una narrativa local desde las propias peculiaridades que definen la identidad diversa de los lugares.
Se trata de una estrategia urbana hoy más necesaria que nunca, porque la estandarización y homogeneización que el mundo global impone al paisaje de las ciudades obliga a estas a reinventarse para subrayar sus diferencias.
De otro modo, en la era de la urbanalización, los paisajes industriales del pasado representan una verdadera oportunidad para crear entornos vividos, donde los elementos del patrimonio del pasado hagan de la experiencia urbana algo único y memorable, pero, sobre todo, anclado al lugar, prueba fehaciente de cómo el paisaje configura la sustancia primordial de la pertenencia y la identidad urbanas, más necesarias que nunca en un momento de violenta y rampante globalización.
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