Dossier: Paisatges sonors - Observatori del Paisatge

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a la premsa

5 de desembre de 2016

La obra de piedra en seco

Al marger de Portmany Josep Colomar Torres, 'Pep Marc', que aprengué del seu pare l'art d'aixecar parets de pedra en sec. Geografía. En la lectura del paisaje pitiuso no podemos prescindir de la obra en seco de los muros de piedra, un elemento de la arquitectura rural que en nuestras islas adquiere dimensiones inverosímiles. Las retículas formadas por centenares de kilómetros de paredes que ordenan nuestra geografía, por sus dimensiones, su densidad y su notable calidad de ejecución, pueden incluirse con todo derecho entre los grandes exponentes de la obra en seco del Mediterráneo.

MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ

Diario de Ibiza [Crònica]

Foto

Terrazas en las laderas. Manfred/M. Ballheimer

La intervención antrópica en el medio rural con la obra en seco que une el elemento natural y humano –la piedra y la mano del hombre– lejos de ser intrusiva, es hasta tal punto respetuosa con su entorno que crea paisaje. Es evidente que estas paredes de piedra seca o morta han tenido, sobre todo, la función de contener las tierras en las terrazas o feixes de cultivo creadas en pronunciados declives, pero también las encontramos en muchas otras construcciones como varaderos, canalizaciones –mines de fonts, sínies, pous, abeurades, rescloses, etc–, en forns de cal, pega o d'enquitrà, como protección de cultivos, cercados y corrales, en carboneras, refugios temporales o barracas y delimitando terrenos –partions, mitgeres, fites, etc– o en torrenteras y caminos. Pero siendo un elemento común en nuestros campos, estos muros han pasado a ser arqueología. Por muchos motivos. El trabajo del marger o paredador –con la meritoria excepción de algunos jóvenes que se han interesado por aprender a fer paret– ya sólo lo conocen los viejos; se ha perdido, por otra parte, la motivación económica que tenían aquellas construcciones porque nuestro mundo es, a cada día que pasa, menos agrario, y no es rentable cultivar las pequeñas feixes que escalonaban las colinas. Y a fin de cuentas, el uso del cemento en los muros –aunque no es ecológico, impide el drenaje y deja de ser el habitat que tienen en las paredes construidas sin argamasa muchas especies, insectos, arácnidos, lacértidos, etc–, permite un trabajo más rápido, más barato, menos esforzado y más duradero.

La consecuencia de esta nueva situación es que hemos olvidado estas seculares construcciones que con el tiempo se desmoronan sin que nadie las recomponga. Y aquí nos equivocamos. Porque al margen de la ordenación que han hecho del territorio y de su valor paisajístico, nuestra cultura agraria no se entendería sin estos muros, que son elementos esenciales de todas las culturas mediterráneas. Los encontramos en todo nuestro levante peninsular, en la Liguria italiana, en tierras libanesas, argelinas y tunecinas, en la Provenza y en islas como Pantelleria, Creta, Andros, Patmos, etc. También convendría recordar que estas paredes levantadas en seco, sin mezcla o amalgama, están entre las construcciones más arcaicas que conocemos. La arqueología nos dice que las primeras hiladas de piedra toscamente encajadas ya las hacían las gentes del Paleolítico como abrigo y protección natural en la entrada de las cuevas que habitaban. Y se han podido datar, asimismo, hace más de 6.000 años, en tierras de Ur, Nínive y Ugarit. Son, por tanto, muy anteriores a la tecnología ciclópea y tienen la particularidad asombrosa de que han llegado prácticamente sin cambios hasta nuestros días. Sin ir más lejos, en nuestras islas conservamos vestigios de tales construcciones en los yacimientos más antiguos, el Puig Redó, can Sergent y el Puig de ses Torretes en Ibiza y en el Cap de Barberia en Formentera. Y en tiempos menos alejados de los nuestros tenemos asimismo vestigios de la obra en seco, por ejemplo, en el empedrado que se utilizó para reforzar el firme de algunos caminos, como todavía vemos, entre muros, en esa forma de carrerons que encontramos en el entorno de la iglesia de Sant Francesc Xavier y en es Camí Vell o de sa Pujada a la Mola, ambos en Formentera. Es muy posible que los contados senderos empedrados que nos quedan –antics camins de ferradura– correspondan a las llamadas 'carrerías sarracenas' que refieren algunos documentos. Y otros ejemplos de construcciones con piedra en seco que desgraciadamente van desapareciendo los tenemos en los hornos de cal, en las barracas de carbonero que aún podemos ver en Sant Llorenç de Balàfia, incluso en las colmenas o cases d'abelles como las que conservamos en es Cubells, tocones vacíos de algarrobo encastrados en un muro de piedra y abiertos por ambos lados que se cerraban con losas. Y en Formentera quedan también varaderos hechos con piedra en seco y en los que todavía se guardan las barcas.

HUELLA

Y como no podía ser de otra manera tratándose de un elemento tan común en nuestros campos, la obra en seco ha dejado su huella en voces que, como parte inseparable de nuestra cultura, no nos conviene perder. Y me refiero no sólo a topónimos como el Torrent de ses Sitges, sa Picassa, es Puig de sa Paret, sa Font Paredada, sa Tanca des Corral Fondo, es Torrent de sa Paret Blanca, sa Paret d'en Cosmi, es Puig de ses Tanques, es Coscollar, es Cocons, ses Pedreres, etc, sino al rico vocabulario que recoge el obrar en seco la piedra, adobar, travar, reblir, cloure, coronar, fer volta, encadenat, cantonera, etc. Y por supuesto, a los útiles y herramientas que exigían aquellas construcciones, cordella, mall, martells de tall i de paredar, cávec, pioxa, aixol, aixada pedrera, tallant, sivera, picassó, tascó, perpal, etc. Todos estos aspectos subrayan una misma cosa, que la obra en seco forma parte de nuestra cultura, de nuestra historia, de nuestros paisajes y de nuestro patrimonio. Resulta incomprensible que, a estas alturas, todavía no se haya hecho ningún estudio de estas construcciones, que no se hayan inventariado, tipificado ni catalogado. Los muros de piedra seca constituyen en su conjunto una obra colosal que debería preservarse. Si no lo hacemos, debido a su fragilidad y sin el necesario mantenimiento, acabaran desmoronándose –cosa que ya sucede–, hecho que supondrá una modificación radical del paisaje y la pérdida de un legado cultural irrecuperable. Más allá de lo que podría ser un interés localista y folklórico, necesitamos poner en valor este elemento patrimonial olvidado y sensibilizar a la población sobre sus valores históricos, culturales, etnológicos, arqueológicos, estéticos y simbólicos. Y sobre todo, necesitamos una legislación que favorezca su conservación y restauración, al tiempo que impida su destrucción.

 

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